Wednesday 4 january 2012 3 04 /01 /Ene /2012 22:09

 

0 0 A0 1 Heidegger 0

 

 

El ajusticiamiento de Hussein por un tribunal amparado por tropas invasoras, la muerte de Bin Laden por el grupo comando que ingresó a un espacio nacional de manera clandestina, el linchamiento de Kaddafi tras ser acorralado por ataques aéreos de la OTAN son ejemplos de otra manera de interpretar la globalización. En ella, el asesinato que burla legislaciones y soberanías se transformó en un recurso normal de las potencias democráticas.

Las excusas para este recurso son variadas: las urgencias que impone la lucha contra el terrorismo o la crueldad de las dictaduras; la seguridad mundial o los derechos humanos de las poblaciones. El discurso humanitario y el interés imperialista tienden a confundirse.

“¡Ríndete y tendrás un juicio justo!”, el viejo ofrecimiento del sheriff al malhechor, apenas evoca  una civilización perdida a la que, sin embargo, se llamaba “salvaje oeste. La jurisdicción del sheriff ya no tiene límites geográficos, pero su frase, según parece, no puede ser traducida al árabe.

Sin embargo, la reciente primavera en el norte de Africa mostró que los pueblos pueden librarse de sus dictadores limitando el baño de sangre. En la rebelión tunecina murieron 400 personas, y unas 850 en la egipcia. La intervención de la OTAN en Libia, con mandato del Consejo de Seguridad de la ONU para proteger a la población civil, derivó en un conflicto cuyo número de bajas se calcula entre 5.000 y 25.000, sin contar heridos ni desplazados.

Los autócratas de la zona, por lo demás, habían sido aliados confiables de las democracias durante décadas. Por no hablar del olvidado Hussein, el Egipto de Mubarak era el mayor receptor de ayuda militar estadounidense después de Israel mientras que el tunecino Ben Alí encontró refugio en la monarquía saudita, el más firme aliado regional de EE. UU.. El humanismo occidental es selectivo. Hay tiranos amigos, a quienes se derroca cuando se salen de control (Hussein) o ya no garantizan la necesaria estabilidad interna para una normal provisión de materias primas (Gadafi). Es sólo en esos momentos cuando la Corte Penal Internacional advierte sus crímenes.

Como explica el filósofo italiano Carlo Galli en uno de los ensayos de La mirada de Jano, acabada la Primera Guerra Mundial, por motivos nacionalistas, el jurista alemán Carl Schmitt planteó que la imposición de reparaciones de guerra a la vencida Alemania implicaba un trágico cambio para la convivencia mundial. Con esa medida resurgía la vieja noción de guerra justa (cuyo correlato actual es la “guerra santa”) según la cual en los conflictos internacionales había una parte “buena” y una “mala”.

 

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En consecuencia, esta última debía ser castigada por haber iniciado la conflagración y debía pagar por la destrucción ocasionada. La guerra se volvía un crimen punible, y dejaba de ser aquel recurso extremo, pero habitual y jurídicamente regulado, de las relaciones entre países que se consideraban enemigos mutuos pero no criminales. El escenario político mundial se volvía así un “uni-verso”, dejando atrás la categoría de “pluri-verso” compuesto por distintas soberanías que respetaban su individualidad aunque a menudo llegaran a combatirse. Este cambio implicaba, para Schmitt, una catástrofe política, legal y cultural. Porque las distinciones entre enemigo político y criminal común, entre la situación de paz y la de guerra, entre el ámbito interior y exterior de los Estados, quedaban suprimidas.

La ley de la guerra, según Schmitt, se había impregnado en el siglo XX de un falso moralismo, cuyas declamaciones apenas podían encubrir el rampante interés imperialista anglo-americano. Este se justificaba éticamente en la defensa de la paz, la democracia y en el combate contra imaginarios enemigos de la humanidad a quienes, sin embargo, se les despojaba de su categoría humana y, por tanto, resultaba lícito masacrarlos primero y luego oprimirlos.

Por cierto, pocos intérpretes podían separar en este análisis el herido orgullo de un antiguo colaborador del derrotado Tercer Reich (aunque marginado por los propios nazis antes de la invasión a Polonia) del diagnóstico profundo de una tendencia política moderna que se ha vuelto patente bajo la globalización posmoderna. Resultaba difícil distinguir los aspectos teóricos de las intenciones prácticas. ¿Quién, en 1945, iba a compartir la indignación de Schmitt por la humillación y la criminalización de los alemanes en cuyo nombre se había aplicado un terror inaudito?


Schmitt, que había comenzado a escribir sobre estos temas durante la República de Weimar, acusó a la Sociedad de las Naciones, predecesora de la ONU, de intentar despolitizar las relaciones internacionales y pretender implantar el liberalismo a nivel planetario como única doctrina éticamente válida. La guerra dejaba así de ser un derecho estatal para convertirse en un capítulo del derecho penal.

Lejos de establecer orden y justicia, esta mutación acrecentaba el caos y excitaba la represalia y el pillaje. Para Schmitt, las nuevas concepciones cada vez más dominantes eran la consecuencia del desplazamiento del viejo pensamiento jurídico continental, vigente durante dos siglos y medio de historia europea, por la visión anglosajona, una mezcla de retórica moralizante y tradiciones ligadas a la piratería marítima y al colonialismo, aunque debió reconocer un antecedente intelectual de peso en la filosofía de su compatriota Kant.

El gran vuelco histórico ocurrió cuando EE.UU. abandonó su aislacionismo y comenzó a practicar un enérgico intervencionismo. A partir de entonces, la nítida línea que desde los tratados de Wesfalia (1648) había separado la paz de la guerra se borró. ¿Dónde queda la diferencia cuando se proclama una “guerra mundial al terrorismo”, por ejemplo? La guerra posmoderna disemina la violencia y desdibuja la separación entre conflictos nacionales y operaciones policiales.

 

revista ñ

Por Ricardo Beyer - Publicado en: Política.
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Wednesday 4 january 2012 3 04 /01 /Ene /2012 15:48

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Una de las tantas paradojas actuales es que mientras en la periferia muchas sociedades y Gobiernos intentan ampliar los derechos ciudadanos, en varios países centrales se pretende desvertebrar el Estado de derecho. En América Latina y, en tiempos recientes, en Oriente Próximo y el norte de África con la llamada primavera árabe, se observan impulsos y logros importantes en el reclamo y la extensión de derechos y garantías de diverso tipo. Inversamente, en países clave de Occidente, y desde el 11 de septiembre de 2001, en Estados Unidos se denota un esfuerzo desde el Ejecutivo y el Legislativo (y con pocas limitaciones por parte del Poder Judicial) de recortar y suprimir derechos alcanzados con enorme esfuerzo colectivo. Con el presunto objetivo de proteger la seguridad nacional en Estados Unidos se ha gestado una compleja estructura jurídica, burocrática e institucional cívico-militar que ha configurado de hecho una condición de inseguridad permanente; meta que al parecer ha logrado alcanzar el terrorismo transnacional a una década de los atentados en Nueva York, Washington y Filadelfia.


En ese contexto, la pos-legalidad tiende a imponerse: se trata de una situación en la que el derecho interno e internacional se manipula, se desconoce o se quiebra a expensas de un bifronte Estado gendarme que opera con escasa rendición de cuentas hacia adentro y con excesivo despliegue militar hacia afuera. Lo pos-legal no es patrimonio exclusivo de Estados Unidos -recientemente la secretaria del Interior de Reino Unido, Theresa May, sugirió la necesidad de deshacerse de la Ley de Derechos Humanos de 1998-, pero tiene su manifestación más elocuente e inquietante en aquel país.


La pos-legalidad se exacerba en Estados Unidos en medio de una fenomenal crisis económica y ante una ciudadanía que, ante la incertidumbre y de modo confuso, se expresa contradictoriamente frente al delicado balance entre seguridad y libertad. Por ejemplo, en junio de 2010 una encuesta a cargo de Rasmussen Reports indicaba que el 28% de los estadounidenses consideraba que era una mala idea el control civil de los militares y apenas el 44% consideraba bueno dicho control. Pero, a su vez, en una encuesta de Gallup efectuada en septiembre de 2011 un 49% de los entrevistados consideraba que el Gobierno federal era "una amenaza inmediata a los derechos y libertades individuales".


La pos-legalidad, por vía de presuntos términos legales, rápidamente asimilados por los medios de comunicación y los principales líderes políticos nacionales, naturaliza un nuevo lenguaje que facilita el desprecio por los derechos. Así, en vez de referirse a la tortura se habla de "técnicas acrecentadas de interrogación"; el secuestro extraterritorial de personas, realizado de manera clandestina por funcionarios, se denomina "entrega extraordinaria"; las ejecuciones extrajudiciales se justifican en el marco de las "hostilidades" contra "militantes"; y a las guerras punitivas contra países que no han atacado a Estados Unidos se las llama "acción militar cinética".


La pos-legalidad tiene símbolos: Guantánamo y Abu Ghraib. Tiene puntos clave de construcción conceptual: las oficinas del Legal Advisor del Departamento de Estado, del General Counsel del Departamento de Defensa y del Special Counsel de la Casa Blanca. Tiene un mapa de referencia para su racionalización y justificación: la "guerra contra el terrorismo". Y tiene continuidad política bipartidista: desde George W. Bush a Barack Obama.


Ahora bien, tres asuntos han puesto en evidencia el desbordamiento de la poslegalidad de Estados Unidos.

 

Primero, el incesante uso de vehículos aéreos no tripulados (unmanned aerial vehicles), los denominados drones, en Asia (Irak, Afganistán y Pakistán) y África (Libia, Somalia y Yemen). El recurrente uso de aquel medio de combate -al que hay que sumar un fracasado intento reciente en Irán- ha llevado a debatir en torno a la "guerra de los drones"; un modo de enfrentamiento a distancia, sin grandes contingentes en condición de combate frontal, presuntamente de alta precisión y más económico que el despliegue de tropas. El recurso a los drones ha implicado, entre otras, cierta facilidad para lanzar ataques en los que las bajas propias son casi inexistentes, bastante indiferencia de una opinión pública que apenas si conoce el tema y que, en general, no padece costo alguno inmediato después de su utilización, y un ascendente papel militar de los órganos de inteligencia dado que es la CIA la encargada del sistema de lanzamiento. Si bien en 2009 el Informe del Relator Especial de la ONU para Ejecuciones Extrajudiciales, Philip Alston, sugería que los drones podrían violar el derecho internacional humanitario, nada parece haber conducido a replantear su uso por parte de Washington.


Segundo, en septiembre pasado el Gobierno de Barack Obama fue un paso más adelante en esta materia. En un "panel secreto", y con aval presidencial, autorizó dar de baja a dos estadounidenses, Anwar al Awlaqi y Samir Khan, mediante misiles lanzados desde un vehículo aéreo no tripulado. En los dos casos no hubo una acusación formal, no se pretendió su arresto ni se buscó poner en marcha el debido proceso. Ni la Constitución ni las enmiendas 5, 6 y 14 fueron tenidas en cuenta para llevar a cabo este targeted killing.


Y tercero, más recientemente, en la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2012 y con una votación de 93 a 7, el Senado aprobó que cualquier estadounidense sospechoso de terrorismo puede ser detenido indefinidamente por autoridades militares (al tiempo que aumenta las restricciones para no trasladar los prisioneros de Guantánamo a territorio continental estadounidense). Para algunos observadores esta legislación es un serio revés al Estado de Derecho. Organizaciones de derechos civiles y voces liberales demandan y se consuelan con un eventual veto del presidente Obama.


Los tres ejemplos mencionados apuntan a subrayar que en Estados Unidos la legalidad está en entredicho y que lo pos-legal se está tornando en lo habitual. Más temprano que tarde esto tendrá un efecto devastador sobre la democracia en aquel país. Lo que tendrá, y de hecho ya tiene, reverberaciones por fuera de Estados Unidos. En ese caso se habrá dado un paso abismal: del acoso democrático al ocaso democrático.


Juan Gabriel Tokatlian es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella (Argentina).

 

http://www.elpais.com/articulo/opinion/ocaso/democratico/elpepuopi/20120102elpepiopi_4/Tes

Por Ricardo Beyer - Publicado en: Política.
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Sunday 27 november 2011 7 27 /11 /Nov /2011 11:29

 


 

En su texto Ideología y aparatos ideológicos del Estado (116) Althusser menciona ocho tipos de instituciones que, a diferencia de los aparatos represivos, no “sujeta” a los individuos a través de prácticas violentas sino a través de prácticas ideológicas:


• Aparatos religiosos (iglesias, instituciones religiosas)


• Aparatos educativos (escuelas, universidades)


• Aparatos familiares (el matrimonio, la sociedad familiar)


• Aparatos jurídicos (el Derecho)


• Aparatos políticos (partidos e ideologías políticas)


• Aparatos sindicales (asociaciones de obreros y trabajadores)


• Aparatos de información (prensa, radio, cine, televisión)


• Aparatos culturales (literatura, bellas artes, deportes, etc.)


Nos interesa en este momento analizar aquello que Althusser denomina los “aparatos de información” porque, como ya se dijo, en el capitalismo tardío la cultura medial se ha convertido en el lugar de las batallas ideológicas por el control de los imaginarios sociales. Por su radio de alcance y por su formato visual, los medios contribuyen en gran manera a delinear nuevas formas de subjetividad, estilo, visión del mundo y comportamiento.


La cultura medial es el aparato ideológico dominante hoy en día, reemplazando a la cultura letrada en su capacidad para servir de árbitro del gusto, los valores y el pensamiento. La ventaja de la cultura medial sobre los otros aparatos ideológicos radica, precisamente, en que sus dispositivos de sujeción son mucho menos coercitivos. Además de que, como lo señala Jen Baudrillard penetran en el espacio íntimo del sujeto, incluso en su alcoba.

Diríamos que por ellos no circula un poder que “vigila y castiga”, sino un poder que seduce. No estamos, por tanto, frente al poder disciplinario de la modernidad, criticado por Foucault, sino frente al poder libidinal de la globalización.(6)

 

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Aplicando lo dicho en el apartado anterior al tema de la cultura medial podríamos decir que, en tiempos de globalización, los medios son el terreno para el establecimiento del dominio de unos grupos sobre otros, pero también son, al mismo tiempo, el terreno apropiado para la resistencia contra ese dominio.


En una palabra, los medios son el lugar de lucha por la hegemonía cultural. Siendo los medios la principal fuente generadora de ideologías en la sociedad contemporánea, su control se constituye en una clave fundamental para la consolidación del dominio político. Los medios producen y fortalecen “sistemas de creencias” a partir de los cuales unas cosas son visibles y otras no, unos comportamientos son inducidos y otros evitados, unas cosas son tenidas por naturales y verdaderas, mientras que otras son reputadas de artificiales y mentirosas.


La pregunta que quisiera formular en este punto es la siguiente: ¿de qué modo puede hacerse valer el concepto agonístico de ideología para reconstruir el puente entre los estudios culturales y la economía política, atendiendo al caso específico del análisis de los medios?


Estoy convencido de que una ampliación del concepto de ideología, tal como ha sido sugerida por Althusser, podría resultar muy valiosa para entender cómo las imágenes, figuras y narrativas simbólicas que circulan por la televisión construyen representaciones que sirven para reforzar el dominio de unos grupos sobre otros. Estas representaciones ideológicas no son, por supuesto, unitarias, como pensaba el primer Althusser.


A través de los medios se construyen no solo las grandes ideologías económicas y políticas, sino también ideologías de género, raza, sexualidad y posición social que no son necesariamente reducibles unas a otras.

Con todo, si hay algo que estructuralmente las unifica es su vinculación al aparato de producción y, por tanto, el modo en que tales representaciones ideológicas se inscriben en la competencia de unos medios con otros por “seducir” a los consumidores.

 

ramble tamble


Por Ricardo Beyer - Publicado en: Política. - Comunidad: Biopolítica, peronismo y rocanrol.
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Sunday 27 november 2011 7 27 /11 /Nov /2011 11:25

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Por Ricardo Beyer - Publicado en: Anarquía. - Comunidad: Biopolítica, peronismo y rocanrol.
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Sunday 27 november 2011 7 27 /11 /Nov /2011 00:10

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Por Ricardo Beyer
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  • Ricardo Beyer
  • BAJO CONTROL.
  • Filósofo. Psicólogo social comunitario.
  • En la era de las sociedades de control la obligación del hombre culto contemporáneo es desbaratar el acrítico hombre masa que lleva adentro.

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Discos y recuerdos.

018 el pajaro amenazador (monstruos cosmicos) 1965

 

 

Arrepentidos muy tarde
beberemos el veneno
y entre rumores de guerra
se abre la puerta al infierno.

Desinformación consumirás,
que terminarás creyendo
y la humanidad sucumbirá
mientras alguien va diciendo:

Bajo control... bajo control.

Antes que bebas el odio
de su poder insaciable,
cuando se incendien los bosques verás
no importarán los culpables.

Es que nada y nadie detendrá
esta ambición enferma.
es que ya no habrá ningún lugar
para los que quieran la Tierra.

Bajo control... bajo control.
bajo control... bajo control.
Era espacial, transmutación,
mentes computarizadas.
Armagedón en televisión,
almas narcotizadas.

Desde la luz es fácil saber
cómo salir de la trampa.
visión final profetizada,
que todo está bajo control.

Ambición de poder... corrupción.
puedes ver en tu ciudad... polución.
hambre, sed, enfermedad... destrucción.
violación, explotación... extinción.

Bajo control... tierra, aire y mar.
Bajo control... el reino animal.
Bajo control... la atmósfera.
Bajo control... hasta la guerra y la paz.
Bajo control... la humanidad.
Bajo control... la mediocridad.
Bajo control... todo el mundo está.
Bajo control... todo, todo...

 

 

Rata Blanca.

 

 

 

 

 

 

foucault 5

 

 

 

 

¿Quién puede explicar con palabras,

aunque esté contando su propia vida,

todo lo que induce a un hombre

a entregarse,

a venderse todos los días un poco,

hasta llegar a viejo...?

 


 

 

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111

 

 

 

 

A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lagrimas
para que contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el-alto-sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.
Le dijeron
que eso era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles esta es, sin duda, la prueba decisiva.

 

 

 

 

 

Él no es el hombre que salta la barrera
sintiéndose ya cogido por su tiempo, ni el fugitivo
oculto en el vagón que jadea
o que huye entre los terroristas, ni el pobre
hombre del pasaporte cancelado
que está siempre acechando una frontera.
Él vive más acá del heroísmo
(en esa parte oscura);
pero no se perturba; no se extraña.
No quiere ser un héroe,
ni siquiera el romántico alrededor de quien
pudiera tejerse una leyenda;
pero está condenado a esta vida y, lo que más le aterra,
fatalmente condenado a su época.
Es un decapitado en la alta noche, que va de un cuarto al otro,
como un enorme viento que apenas sobrevive con el viento de afuera.
Cada mañana recomienza
(a la manera de los actores italianos).
Se para en seco como si alguien le arrebatara el personaje.
Ningún espejo
             se atrevería a copiar
este labio caído, esta sabiduría en bancarrota.

 

 

 

 

 

Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto.

 

 

 

 

 

 

El amor, la tristeza, la guerra
abren su puerta cada día, brincan
sobre su cama
                         y él no les dice nada.
Cogen su perro y lo degüellan, lo tiran
a un rincón
                         y no les dice nada.
Dejan su pecho hundido
a culatazos
                        y no dice nada.
Casi lo entierran
vivo
                        y no les dice nada.

¿Él qué puede decirles?
Aunque lo hagan echar espuma
por la boca,
él lucha, él vive,
él preña a sus mujeres,
contradice la muerte a cada instante.

 

 

 

 

 

¡Al poeta, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.
No entra en el juego.
No se entusiasma.
No pone en claro su mensaje.
No repara siquiera en los milagros.
Se pasa el día entero cavilando.
Encuentra siempre algo que objetar.

¡A ese tipo, despídanlo!
Echen a un lado al aguafiestas,
a ese malhumorado
del verano,
con gafas negras
bajo el sol que nace.
Siempre
le sedujeron las andanzas
y las bellas catástrofes
del tiempo sin Historia.
Es
    incluso
                anticuado.
Sólo le gusta el viejo Amstrong.

Tararea, a lo sumo,
una canción de Pete Seeger.
Canta,
            entre dientes,
                                    La Guantanamera.
Pero no hay
quien lo haga abrir la boca,
pero no hay
quien lo haga sonreír
cada vez que comienza el espectáculo
y brincan
los payasos por la escena;
cuando las cacatúas
confunden el amor con el terror
y está crujiendo el escenario
y truenan los metales
y los cueros
y todo el mundo salta,
se inclina,
retrocede,
sonríe,
abre la boca
                     “pues sí,
                     claro que sí,
                     por supuesto que sí...”
y bailan todos bien,
bailan bonito,
como les piden que sea el baile.
¡A ese tipo, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.

 

 

 

 

Nosotros seguimos construyendo el Imperio.
Es difícil construir un imperio
cuando se anhela toda la inocencia del mundo.
Pero da gusto construirlo
con esta lealtad
y esta unidad política
con que lo estamos construyendo nosotros.
Hemos abierto casas para los dictadores
y para sus ministros,
avenidas
para llenarlas de fanfarrias
en la noche de las celebraciones,
establos para las bestias de carga, y promulgamos
leyes más espontáneas
que verdugos,
y ya hasta nos conmueve ese sonido
que hace la campanilla de la puerta donde vino a instalarse
el prestamista.
Todavía lo estamos construyendo
con todas las de la ley
con su obispo y su puta y por supuesto muchos policías.

 

 

 

 

Lo primero: optimista.
Lo segundo: atildado, comedido, obediente.
(Haber pasado todas las pruebas deportivas).
Y finalmente andar
como lo hace cada miembro:
un paso al frente, y
dos o tres atrás:
pero siempre aplaudiendo.

 

 

 

Dirán un día:
él no tuvo visiones que puedan añadirse a la posteridad.
No poseyó el talento de un profeta.
No encontró esfinges que interrogar
ni hechiceras que leyeran en la mano de su muchacha
el terror con que oían
las noticias y los partes de guerra.
Definitivamente él no fue un poeta del porvenir.
Habló mucho de los tiempos difíciles
y analizó las ruinas,
pero no fue capaz de apuntalarlas.
Siempre anduvo con ceniza en los hombros.
No develó ni siquiera un misterio.
No fue la primera ni la última figura de un cuadrivio.
Octavio Paz ya nunca se ocupará de él.
No será ni un ejemplo en los ensayos de Retamar.
Ni Alomá ni Rodríguez Rivera
Ni Wichy el pelirrojo
se ocuparán de él.
La Estilística tampoco se ocupará de él.
No hubo nada extralógico en su lengua.
Envejeció de claridad.
Fue más directo que un objeto.

 

 

 

y ahora,
vámonos, cuervo, no a fecundar la cuerva
que ha parido
y llena el mundo de alas negras.
Vámonos a buscar sobre los rascacielos
el hilo roto
de la cometa de mis niños
que se enredó en el trípode viejo del artillero.

 

 

 

 

 

Heberto Padilla.

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