Saturday 20 july 6 20 /07 /Jul 12:09

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Sostiene Gruner

hagas lo que hagas
todo es lo mismo
pero no te hagás problema por eso
me dijo Gruner

no hay pensamiento único
todo lo contrario
hoy se puede pensar cualquier cosa
porque nada tiene efecto
continuó Gruner
Por Ricardo Beyer - Publicado en: Poesía
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Tuesday 15 may 2 15 /05 /May 15:31

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He dicho que la ciudad es un dispositivo, o un grupo de dispositivos. La teoría a la que usted se refirió antes era la idea sumaria de que uno puede dividir la realidad en, por un lado, los humanos y seres vivientes, y, por otro, los dispositivos que continuamente los capturan y retienen. Sin embargo, el tercer elemento fundamental que define un dispositivo, para Foucault también yo creo, son los procesos de subjetivación que resultan del cuerpo a cuerpo entre el individuo y los dispositivos. El sujeto es lo que resulta de la relación entre lo humano y los dispositivos. No hay dispositivo sin un proceso de subjetivación, para hablar de dispositivo uno tiene que haber un proceso de subjetivación. Sujeto quiere decir dos cosas: lo que lleva a un individuo a asumir y atarse a una individualidad y una singularidad, pero significa también la subyugación a un poder externo. No hay proceso de subjetivación sin estos dos aspectos: asunción de una identidad y sujeción a un poder externo.


Lo que suele faltar, también en los movimientos, es la conciencia de esta relación, la conciencia de que cada vez que uno asume una identidad uno también es subyugado. Obviamente, esto también es complicado por el hecho de que los dispositivos modernos no sólo conllevan la creación de una subjetividad, sino también y en la misma medida, procesos de desubjetivación. Esto puede haber sido así siempre, piensen en la confesión, que le dio forma a la subjetividad occidental (la confesión formal de los pecados), o la confesión jurídica, que todos experimentamos hoy. La confesión siempre supuso en la creación de un sujeto también la negación de un sujeto, por ejemplo en la figura del pecador y del confesor, es claro que la asunción de una subjetividad va junto con un proceso de desubjetivación. El punto es actualmente, entonces, que los dispositivos son cada vez más desubjetivantes de modo que es dificil identificar los procesos de subjetivación que ellos crean. Pero la metrópolis es también un espacio en el que un tremendo proceso de creación de subjetividad tiene lugar. Sobre esto no sabemos mucho. Cuando digo que necesitamos conocer estos procesos, no sólo me refiero al análisis, muy importante por cierto, sobre la naturaleza sociológica o económica o social de estos procesos de subjetivación; me refiero al nivel ontológico, a la cuestión Spinoziana de la capacidad para actuar de los sujetos; es decir, lo que, en el proceso a través del cual el sujeto de alguna forma queda atado a una identidad subjetiva, lleva a un cambio, un aumento o disminución de su capacidad para actuar. Carecemos de este conocimiento y quizás esto haga que los conflictos metropolitanos de los que hoy somos testigos sean más bien opacos.


Creo que una confrontación con los dispositivos metropolitanos solo será posible cuando penetremos de un modo más articulado, más profundo los procesos de subjetivación que la metrópolis implica. Porque creo que el resultado de los conflictos dependerá de la capacidad para actuar e intervenir en los procesos de subjetivación, con el fin de alcanzar ese momento que yo llamaría el punto de ingobernabilidad, de lo ingobernable que puede hacer naufragar al poder en su figura de gobierno, lo ingobernable que, yo creo, es siempre el comienzo y la línea de fuga de toda política.


Giorgio Agamben, Metrópolis, 2006

Por Ricardo Beyer - Publicado en: Biopolítica - Comunidad: Biopolítica, peronismo y rocanrol.
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Tuesday 3 april 2 03 /04 /Abr 15:10

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En julio de 1998, el semanario británico The Observer publicó un reportaje sobre esbeltas modelos desfilando con desenfadadas prendas de cachemira fotografiadas bajo un fondo del diseñador gráfico punk Jamie Reid. El trabajo más conocido de Reid fue la imagen para la canción de Sex Pistols "God Save the Queen" (1977) mostrando a la Reina esplendorosa con imperdibles. Aparte de una referencia irónica a la revista americana Vogue (marzo 1951), los reportajes de moda que presentaba Jackson Pollock funcionan como telón de fondo, ilustrando la recuperación de ciertos elementos del punk británico de los 70, y su status actual, que para algunos es una especie de moda de lo mas radical y un estilo entre otros.

Aunque soy consciente de que escribir sobre el punk en un contexto académico pudiera ser considerado como una forma de ayudar a su integración, la intención aquí es la de redefinir y reubicar el punk como movimiento radical y sus características más difícilmente tratables mediante su disección en relación a la noción más conocida de carnaval de Bakhtin. Se diría que no solo hay estrechas afinidades y paralelismos entre muchos de los aspectos del punk y el carnaval, sino que además el primero puede llegar a calificarse legítimamente como una reencarnación del segundo. De hecho, lo apropiado es situar al punk dentro de las coordenadas carnavalescas. Tal y como Robert Stam señala: "las categorías Bakhtinianas desarrollan una identificación intrínseca con la diferencia y la alteridad, una afinidad construida para los oprimidos y los marginales, una característica que los hace especialmente apropiados para el análisis de la oposición y las prácticas marginales...". El objetivo de situar al punk dentro de la tradición carnavalesca es para redefinir y recolocar todas sus características subversivas, y además, para descubrir todo el discurso punk que es visto generalmente como un capítulo de la historia de la música pop británica, un fenómeno juvenil infra-cultural, o como una manifestación de postmodernismo.

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EL CARNAVAL BAKHTINIANO

El carnaval para Bakhtin representa fundamentalmente un impulso utópico marcado por la contestación de los oprimidos y la liberación momentánea de todas las estructuras del orden establecido.

 

En su obra erudita "Rabelais y su mundo", Bakhtin escribe, "el carnaval celebraba la liberación temporal de todas las verdades preestablecidas y de todo orden establecido; marcaba la suspensión de todos los rasgos jerárquicos, privilegios, normas y prohibicines. Esta liberación y articulación de los ideales utópicos e igualitarios es acompañada por la subversión y desmitificación de las convenciones, símbolos, y valores que sostienen el orden establecido mediante instrumentos como la inversión y la parodia. Implica también la transgresión de normas sociales y de corrección política mediante el uso frecuente y explícito de obscenidades y el
enfatizamiento del exceso y de la corporalidad. El carnaval es por tanto una semiótica anárquica y un realismo somático. También representa una cultura de oposición que emerge y opera en el espacio dejado por las fricciones y colisiones periódicas entre el discurso oficial y el popular, actuando como señala Stam, como "el arma privilegiada de los débiles y de los desposeídos".

Sin embargo, Terry Eagleton ha observado que el carnaval puede ser un "enclave permisivo", un ritual tolerado que funciona como válvula de escape para el descontento popular y una forma subrepticia de control social. Sin embargo, bajo determinadas circunstancias puede llegar a ser interactivo y tener efectos amenazadores de mayor repercusión. Peter Stallybrass y Allon White afirman que "durante largos periodos el carnaval puede ser un ritual cíclico y estable sin ningún efecto político de transformación pero que, dada la presencia de un antagonismo político agudizado, puede a menudo actuar como catalizador y lugar de lucha real y simbólica. Además, aunque la mayor parte de su forma tradicional ha sido por mucho tiempo reprimida, fragmentada y neutralizada mediante su regulación y encauzamiento, de acuerdo con Bakhtin en "Rabelais y su mundo", "la forma festivo-popular del carnaval es indestructible. Aunque estrechado y debilitado, todavía continua fertilizando varios aspectos de la vida y la cultura". El espíritu carnavalesco aunque atenuado todavía existe, como una forma disruptiva y regenerativa subrepticia a la que uno debe escuchar cuidadosamente. Bakhtin en su "Problems of Dostoevsky's Poetics" afirma que "el oído sensible siempre captará incluso los más distantes ecos del sentido carnavalesco del mundo".

 

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De hecho, algunos críticos como Tony Bennett y Tom Sobchack distinguen "ecos lejanos" o "trazas" de lo carnavalesco en la sociedad británica de pos-guerra y la cultura popular. En este contexto, mas que una cultura de oposición coherente, se vería mejor como un repertorio adaptable, "una fuente de acciones, imágenes y roles" tal y como lo expresan Stallybrass y White, de forma que los insatisfechos puedan hacer oír sus descontentos y sus aspiraciones. Para John Fiske, "lo carnavalesco pudiera aun actuar como una forma de representación radical de los nobles ideales de la gente que es a la vez utópica y contra-hegemónica". El punk británico de los 70 puede ser visto como una forma de evidenciar una vuelta a la represión; un resurgir y remodelar los por largo tiempo censurados y sin embargo irreductibles elementos carnavalescos en una pugna entre los jóvenes y los discursos oficiales con un trasfondo de crisis económica y política, así como un incremento de las tensiones entre clases.

 

 


 

 

 

PUNK Y CARNAVAL

A nivel general, el punk desarrolla grandes afinidades con el carnaval en su apariencia y características. Los protagonistas del movimiento punk fueron generalmente perdedores; un conjunto variopinto de trabajadores insatisfechos y descontentos de escuelas de artes. Stewart Home escribió en 1991 que "los chicos de la calle" veían al punk como "una expresión simultánea de frustración y de deseo de cambio". Sin llegar a tener nunca una ideología coherente o un proyecto político sistemático, el punk se exhibía con tendencia anárquicas, libertarias y utópicas enraizadas en la cultura popular y (para algunos) en movimientos iconoclastas de vanguardia como el Dada. George McKay afirma que el punk fue "un impulso de oposición marcado por el lenguaje utópico del deseo". El proyecto carnavalesco de  Bakhtin señalado en "Rabelais y su mundo" nos puede servir como una descripción del proyecto punk: "consagrar la libertad de invención, permitir la combinación de una variedad de diferentes elementos y su acercamiento, liberarse del punto de vista predominante en el mundo, de convenciones y de verdades establecidas, de clichés, de todo lo que es monótono y aun así universalmente aceptado".

El punk como fenómeno similar al carnaval era fluido, heterogéneo y transitorio, marcado por la irreverencia, la disidencia, y la resistencia simbólica a través de la música, el vestido y el comportamiento. El punk cuestionaba el decoro y subvertía la convención de modas, tipografías, y sobre todo las de la industria musical. Alternativamente, mediante la desmitificación de la creatividad y la producción de procesos con su mensaje igualitario de que cualquiera puede hacerlo, vertieron en sus canciones una retórica de amateurismo, de estilo rabioso, y la inclusión de nuevos y a menudo tópicos que rompían tabúes como el desempleo, el consumismo, la policía y la realeza. Los punks, afirma Dick Hebdige, "no solo estaban respondiendo directamente a la creciente falta de empleo, cambiando presupuestos morales, redescubriendo la pobreza, la Depresión, etc., estaban dramatizando la que había sido llamada "decadencia británica" mediante la construcción de un lenguaje que era, en contraste con la retórica del stablishment Rockero, indudablemente oportuno y realista.

Hay correspondencias entre la noción Bakhtiniana de "dialogismo", un variable y complejo concepto que puede ser definido básicamente como la articulación y la interpretación de "otras voces". Esencialmente, estas voces son las que se oponen a, son  excluidas por, y excluidas de los discursos oficiales y monológicos. El carnaval se enmarca en el dialogismo. El punk descubrió el espacio dialógico a las voces de los descontentos y marginados, ya fueran trabajadores, paisanos o mujeres. Estas últimas, algunas veces funcionando junto a políticas feministas y en bandas como "The Slits" y "The raincoats". Mavis Bayton observa que aunque no estaba completamente libre de sexismo, "el punk permitió a las mujeres hacer oír su voz con rabia y frustración por su status quo sexual, cantando sobre el odio, escribiendo canciones rabiosas o letras anti-románticas".

Además, el punk y sus prácticas no solo cuestionaba a los que
  manejaban el discurso y lo que decían sino también el como lo decían. Las canciones y las publicaciones como fanzines estaban plagadas de errores gramaticales transgresores, jerga y lenguaje obsceno. Estos "elementos de libertad", como gustaba denominar Bakhtin a este tipo de lenguaje en Rabelais y su mundo, desafiaba las convenciones lingüísticas de los discursos oficiales, en particular el inglés "standard" de la hegemónica clase media, como aseveraba el discurso punk de la clase obrera (a menudo rozando la auto parodia) con sus ricos acentos. Tal y como señala Simon Frith, "los cantantes punk como Johnny Rotten desarrollaron una forma de expresión explícitamente obrera utilizando tonos proletarios, basándose en cantos de hinchas de fútbol, utilizando expresiones ininteligibles, gruñidos; con el vocabulario desplegado, agrandaban la distancia con los clichés de lo que hoy llamaríamos políticamente correcto. Esto era análogo a la "carnavalización del discurso", que supone la irrupción del lenguaje diario de la calle, tópicos, tabúes y otras "verdades" elevados a rango de discurso oficial.

Otros elementos carnavalescos como los juegos de palabras o la inversión son predominantes en el punk, por ejemplo, la tendencia a utilizar nombres extraños: "Rat Scabies", "Tory Crimes" y "Poly Styrene". La canción de The Clash "Hate and War"(1977), invirtió el slogan hippy de los 60 "Love and Peace"[1]. La parodia fue también un arma predominante dentro del arsenal del punk. Dave Laing en 1978 advirtió que las palabras de la canción de Sex Pistols "Holidays in the Sun" (1977) [2] son "una especie de collage de periódicos y folletos de ofertas de viajes y referencias paródicas reunidas en torno a temas de los medios asociados con Alemania, Belsen, "economia razonable", el Muro de Berlin. Arrancados de su lugar en lo que pudiera ser denominado el discurso del "Daily Mail", los clichés sonaban vacíos y ridículos".

 

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De hecho, el diluir y mezclar diversos elementos y diversas esferas a menudo para rebajar y ridiculizar -lo que Bakhtin denomina "contra-alianzas", una promiscuidad transgresiva, está también en el corazón del carnaval. En "Problems of Dostoevsky's Poetics", escribe: "El Carnaval junta, unifica, reúne, y combina lo sagrado con lo profano, lo elevado con lo vulgar, lo grande con lo insignificante". Esta actitud es básica en el punk y dice mucho de su bricolage estético, más evidente en un estilo visual marcado por combinaciones incongruentes, por ejemplo, falditas de bailarina con botas Doc Marten. Tal y como Neil Nehring señala, "El conjunto que forma el estilo punk implicaba la apropiación de elementos, artefactos y textos independientemente de su origen, y una firme determinación por buscar el escándalo y de ser censurados en cada uno de sus actos".

Una mezcla subversiva, especialmente de lo elevado y lo vulgar, para ofender y ridiculizar es más que evidente en los textos punk. Entre otros ejemplos, está el himno nacional alternativo de los Sex Pistols "God save the Queen"(1977)[3]. Laing escribió en el periódico "Marxism Today" que veía en esta canción "un especialmente efectivo soplo contra la propaganda de las clases dirigentes". También podemos hablar de Jamie Reid y sus célebres montajes gráficos que ensuciaban los retratos de la monarca realizados por el fotógrafo del stablishment Cecil Beaton. Otro buen ejemplo es la cubierta del fanzine punk Jolt que sacó una copia bastante tosca de la pintura obscena de un dormitorio de mujeres en "Sleeping Women"(1866) por el pintor realista francés Gustave Courbet, con uno de sus desnudos de mujer remplazado por una imagen de la decentísima guardiana de los media Mary Whitehouse.

 

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PARTICIPACIÓN E IGUALITARISMO

Jon Stratton sostiene que el punk fue una re-configuración y re-afirmación de la subversiva, obrera y por largo tiempo reprimida "estética de la implicación emotiva" . Esta estética se caracteriza por la participación activa, el placer hedonista, y la pérdida de uno mismo en la experiencia en común, como algo opuesto a la estética kantiano-burguesa del individualismo y el placer razonable. De hecho, el punk se caracterizó por una participación ardiente manifestada en la producción de música por su cuenta, la vestimenta, dibujos y fanzines. Sin embargo, esta estética se manifiesta de forma más evidente en los conciertos punk al estilo dionisiaco, en particular sus actuaciones en el escenario (un precursor del ebulliciente "Moshpit" de la escena popular más tardía) siendo este un campo donde el punk se acerca más al carnaval. Caroline Coon ya observó en su época que las audiencias punk "desprendían una atmósfera nada despreciable, apoyados siempre en el buen humor. Se mofaban y abucheaban a los integrantes de las bandas tanto como las bandas se sentían libres de insultar a la audiencia...Participación era la palabra clave".

Sus frenesíes catárticos regados con alcohol y anfetamina, sus inmensos destrozos, invasiones de escenarios, irreverencias hacia los que actuaban y hacia la audiencia respectivamente, bailes salvajes a lo "pogoing" y "gobbing", los conciertos punk son un ejemplo de jarana colectiva. Una muestra de exceso y desorden donde el control racional es abandonado y las diferencias entre sujetos así como las distinciones entre público y actor, escenario y calle se confunden. En sus inicios punk, Philip Hoare observó que "no existía distinción entre el escenario y el público; como en la representación de un misterio medieval o en un torneo caballeresco, nada distinguía al público de los participantes. Apenas había que distinguir uno del otro: solo una ducha de escupitajos y sudor y ruido machacón anfetamínico". Esta inversión temporal de la tradicional relación entre público y actor así como la entusiasta participación fue considerada como uno de los aspectos más subversivos del punk . Hebdige subrayó que: "era durante sus actuaciones en directo que los grupos de punk suponían la mayor amenaza para la ley y el orden...los grupos y sus seguidores podían ser mejor caracterizados en la comunión de saliva y abuso mutuo".

Excesos participativos, cercanía física entre los cuerpos y una suspensión de la división entre actores y espectadores son todas características del carnaval: su declarado igualitarismo y ataque a las jerarquías y controles. En "Rabelais y su Mundo", Bakhtin escribe: "Libertad e igualdad se expresan en golpes de confianza, y groseros contactos corporales...sin distinguir entre participantes y espectadores. Todo el mundo participa". Como en el carnaval, los actos punk era objeto de censura oficial y represión. Martin Cloonan advirtió que "Los inicios del punk estuvieron marcados por un grado de censura sin precedentes en la historia de la música popular británica". El punk actuaba carnavalísticamente desenmascarando y
desmitificando a la industria del ocio. Tal y como ya dijo Laing en 1985: "Uno de los logros más importantes del punk fue su habilidad para dejara "en pelotas" las maniobras de poder de la industria del ocio al confundirles continuamente".

 

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Además, aunque no totalmente liberados de jerarquías y divisiones (por ejemplo, las diferencias entre el punk "hardcore" vs. los amateurs y los punk de Londres vs. los de provincias), un espíritu carnavalesco de igualitarismo basado en la comunalidad y el contacto físico cercano permeaba todo el punk y su propia imagen como claves constitutivas de su propia identidad. En fotografías (por ejemplo el trabajo de Erica Echenberg), fanzines, y carátulas de discos, el público y sus fans, todos juntos, se lo montaban espectacularmente. En la juerga del carnaval como en la del punk, existe, según Bakhtin en "Problems of Dostoevsky's Poetics", "un contacto libre y cercano entre la gente", reforzando la identidad colectiva, como advirtió Tzvetan Todorov, una disolución temporal del "individuo en lo colectivo por acción de la muchedumbre". Aqui,
la muchedumbre se convierte en lo más mundano e incontrolable del cuerpo social; un encarnación colectiva del cuerpo grotesco.

 

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EL CUERPO GROTESCO EN EL PUNK

El cuerpo grotesco es fundamental en el carnaval. Es el recurso popular por excelencia, el nexo y la encarnación de una serie de valores "negativos" de oposición tal como el desorden, la obscenidad, placer desenfrenado, y fealdad. Aparece en total oposición al inconfundible, acabado y autoritario "cuerpo clásico", el modelo estético tradicional y del orden social desde la Antigüedad. El cuerpo grotesco transgresor es una mezcla de elementos heterodoxos, incompletos y abiertos al cambio. Tampoco se encuentra separado de su contexto social. Orificios y protuberancias, bocas y narices, acciones de penetración y de expulsión son enfatizadas. Bakhtin escribe en "Rabelais y su mundo": "Contrariamente a los cánones modernos, el cuerpo grotesco no está separado del mundo. No está cerrado, acabado; está inacabado, se sale el solo, transgrede sus propios límites. Se enfatizan aquellas partes del cuerpo abiertas al mundo exterior..." Aquí el cuerpo se abre literalmente al mundo y representa una zona a la entrada. Tal y como lo cuenta Renate Lachman:

El principio más importante de la semiótica oficial del cuerpo es el ocultamiento del interior del cuerpo. En contraste, la semiótica del carnaval permite a la realidad más íntima entrar excéntricamente por fuera del mundo y al revés: representa la penetración de lo externo en lo íntimo corporal como un espectáculo. La frontera que marca la división entre el interior del cuerpo y lo externo está suspendido entre los dos movimientos de sobresalir y de penetrar.

Contra el cuerpo clásico monádico, hermético y su generación de cuerpos higienizados/fetichizados por el consumismo, el cuerpo desordenado punk puede ser considerado como una variante de lo grotesco. En el proteico y espectacular cuerpo punk, la fachada aparentemente impecable del cuerpo clásico o cuerpo del disciplinado consumidor que incorpora ideales de unidad, control y autonomía son respondidos con un fragmentario bricolaje estético y un doble movimiento carnavalesco de sobresalir y penetrar. Encontramos una destacada y simbólica violación de las fronteras corporales y una interpretación del cuerpo y del mundo en la ropa punk tan rajada y hecha trizas, a menudo exponiendo la carne al desnudo, haciendo hincapié en cremalleras y descosidos, y en las acciones de auto-mutilación y de susto, y con adornos "irracionales" al cuerpo: tattos, piercings en nariz y boca. Además, el hecho de llevar ropa interior como camisetas de tirantes y sujetadores por fuera ponía a las normas sociales y al "cuerpo" patas arriba.

 

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Otros destacados aspectos del punk como las correas de perro con incrustaciones, cadenas y correas bondage no solo referían a una sociedad opresiva y truculenta juventud tratada como animales bajo control, sino que también representa una carnavalesca reutilización de objetos típicos con fines "contrarios a su uso común", tal y como Bakhtin anota en "Rabelais y su mundo". No olvidemos que el uso de imperdibles (otro ejemplo de doble movimiento de penetración y expulsión) para perforar y desfigurar en vez de un uso reparador y de bolsas de basura como prendas, eran marcas de extremada degradación y de recodificación del cuerpo como basura. Todo esto y un gusto por los pelos en punta y comportamientos tales como el de vomitar y escupir enfatizaban la alteridad del cuerpo punk, su corporalidad, y su intertextualidad con el mundo.

Para Bakhtin, "la esencia de lo grotesco" es la máscara. Significa el "cambio y re-encarnación" y representa "la violación de las fronteras naturales". Además, la máscara tiene resonancias arcaicas con la alteridad: "Incluso en la vida moderna se encuentra envuelto en una atmósfera peculiar y se ve como parte de otro mundo". Encontramos una versión del carnaval grotesco en la desfiguración del rostro punk o en la decoración, el uso de maquillajes chillones, marcados como de payaso que evocaba una androginia desestabilizadora y una tendencia a la gestualidad a la hora de atacar el decoro y las normas dictadas sobre belleza y feminidad.

Dentro del carnaval y del cuerpo grotesco hay una tradición de degradación, un saludable sentido de lo mundano y un énfasis en lo que Bakhtin llamaba "los estratos inferiores del cuerpo". Esta es fundamentalmente la "vulgaridad" del cuerpo, caracterizado en la barriga, el nacimiento, y los excesos del cuerpo placentero, como algo opuesto a las nociones idealistas de trascendencia de los "estratos superiores", es decir, la cabeza, el lugar del razonamiento. El cuerpo grotesco y degradado son la base de lo que Bakhtin denominó "lengua profana": lenguaje obsceno, tacos y blasfemias, como parte de la carnavalización del discurso que en el mundo moderno esconde "una vaga memoria del nuestras antiguas libertades comunitarias y la verdad del carnaval...". Encontramos un énfasis en los "estratos inferiores" y una preferencia por la "lengua profana" en el punk; ya sea a través del gusto por la apariencia sucia y desaliñada, comportamiento lascivo, la valorización y utilización abusiva de obscenidades, y muchas referencias al cuerpo más bruto en canciones y nombres de grupos como "I Can't Come" de los Snivelling Shits [4]-a menudo educados tal y como señaló Holmes en 1995-por "las tradiciones del music hall más obsceno". Ejemplar y bien documentado en este aspecto son las desdeñosas actitudes de los Sex Pistols, la banda grotesca punk por excelencia: un micro-carnaval en sí mismos.

 

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Sin embargo hay algunos aspectos del punk que no encajan del todo con el carnaval. A pesar de su actitud prolífica y de oposición, estaba fuertemente marcado por un discurso negativo: nihilismo, pesimismo, odio (a si mismos) y una risa cínica mas propio de lo que Bakhtin vio como el "humor frío" no regenerativo del Romanticismo. El grito apocalíptico Punk de "No future!...Destroy!" está en contradicción con la naturaleza dialéctica del carnaval: degradación y afirmación, destrucción y renovación, y su general fuerza celebratoria.

Y sin embargo a pesar de todas estas diferencias y de la inevitable absorción de sus características más fácilmente asimilables, el punk está literalmente plagado de espíritu carnavalesco, su jerga, y sus estrategias de oposición típicamente carnavalescas. Bajo su status subversivo, ideales de comunalidad e igualitarismo, alteridad, fuertes contrastes, y ataques a la propiedad y a los convencionalismos, el punk puede ser considerado como una reencarnación del carnaval. De hecho, la descripción Bakhtiniana de la reconocida transitoriedad de los logros del carnaval puede servirnos como un epitafio adecuado para el punk británico de los 70: "Por un tiempo parecía que la vida salía de sus cauces más trillados, legalizados y consagrados para entrar en la esfera de la libertad utópica".
 


[1] "Guerra y odio" vs. "Paz y amor"

[2] "Vacaciones al sol"

[3] "Dios salve a la Reina"

[4] "No puedo cagar" de los "Comemierdas"

 

 

el grano de arena


Por Ricardo Beyer - Publicado en: Rocanrol. - Comunidad: Biopolítica, peronismo y rocanrol.
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Tuesday 3 april 2 03 /04 /Abr 14:43

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Las actuales sociedades occidentales disponen de medios de vigilancia y control que los antiguos regímenes totalitarios solo hubieran podido soñar. Cada día se utilizan un poco más. Esta vigilancia se añade a lo "políticamente correcto", que busca modelizar la opinión mediante el empleo de palabras impuestas para todos, al "pensamiento único", que tiende a reemplazar el debate por el sermón, al higienicismo invasor, que busca reglamentar los usos en nombre del Bien, a la reglamentación de los gustos y las preferencias, que se confunde con la libertad de expresión, y a la propaganda, que hoy en día denominamos publicidad.

La seguridad se ha convertido en los últimos años en una preocupación política esencial. Satisfacer esta preocupación sin con ello afectar a las libertades es un problema que no viene de ayer. En el seno de la "sociedad de riesgo", la inseguridad real o presumida engendra un clima de incertidumbre y de miedo que alimenta todo tipo de fantasmas. El aparataje securitario utiliza este clima para colocar a la sociedad actual bajo control. Habiendo (casi) desaparecido el totalitarismo clásico, son otros comportamientos, más sutiles, de servidumbre y de dominación los que hacen su aparición. Toman la forma de un complejo engranaje de prohibiciones y de reglamentaciones, que se legitiman por las amenazas omnipresentes. Los pretextos son siempre excelentes: se trata de luchar contra la delincuencia, de proteger nuestra salud, de aumentar la seguridad, de controlar mejor la inmigración ilegal, de proteger a la juventud, de luchar contra la "cibercriminalidad", etc. La experiencia muestra sin embargo como las medidas adoptadas al comienzo para unos pocos son enseguida extendidas para el conjunto de los ciudadanos. Una vez que el principio se admite, no hace falta más que generalizarlo.

 

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"Tratan desde hace algunos años, escribe el filósofo Giorgio Agamben, de convencernos de que aceptemos como dimensiones humanas y normales de nuestra existencia prácticas de control que siempre habían sido consideradas como excepcionales y propiamente inhumanas". El problema es que, para asegurarnos la seguridad, debemos en todo caso estar dispuestos a sacrificar nuestras libertades.

 

La "lucha contra el terrorismo" es desde este punto de vista ejemplar. Permite instaurar a escala planetaria un estado de excepción permanente. En los Estados Unidos, los atentados de septiembre de 2001 han tenido como consecuencia directa enormes restricciones de libertades públicas. Este modelo está en proceso de generalización. Debido a su omnipresencia virtual, el terrorismo provoca miedos evidentemente rentables y explotables. Contra el enemigo invisible, la movilización no puede ser más que total, puesto que en esta situación todo el mundo es potencialmente sospechoso. La lucha contra el terrorismo permite a los poderes públicos imponerse dentro de su propia sociedad civil tanto como sobre sus enemigos declarados. Mas allá de su realidad inmediata, el terrorismo puede definirse como un fenómeno generador de terror convertible en capital político que beneficia menos a sus autores que a aquellos que lo utilizan como respaldo para meter en cintura y amordazar a sus propios conciudadanos.

Hostiles a toda opacidad social, las democracias liberales se han dotado de un ideal de "transparencia" que no puede realizarse más que mediante la ingeniería social. La sociedad se transforma entonces en un bunker protegido por contraseñas, códigos de acceso, videocámaras de vigilancia. La multiplicación de espacios reservados, siempre con fines de seguridad, los sustrae al uso social y acaba por desaparecer la noción misma de espacio común, que es el de la ciudadanía . Así se crea un Panóptico aun más temido que el diseñado por Jeremy Bentham, pero con su misma función: verlo todo, oírlo todo, controlarlo todo. En el seno de una sociedad de asistencia generalizada, donde los problemas sociales no se gestionan a partir de ahora más que con "células de asistencia psicológicas" y donde la obsesión bobalicona por el "diálogo" da a creer que , mediante la discusión, todo es negociable y que se puede hallar una solución, para que luego la puesta en acuerdo se haga en "monocromo" (Xavier Raufer) a la manera como funcionan los sistemas operativos, de forma que solo aceptan un solo tipo de software o programas para funcionar bajo su entorno. Ahora entendemos mejor, como la ideología dominante habla más fácilmente de derechos que de libertades, porque cada nuevo derecho creado se acompaña inevitablemente de un control ilimitado sobre su aplicación.

 

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La figura que la sociedad de mercado busca promover es la del perpetuo adolescente, presa de una adicción por el consumo permanente: la mercancía como droga. Economía pulsional, donde la energía se dirige hacia el simple consumismo, como simple capacidad de distracción. Este divertimento, en el sentido pascaliano del término, parecería una forma de distracción. Pero nos aleja de lo esencial, contribuyendo de esta forma a una desposesión de si mismo. Asustarnos por una parte, divertirnos por la otra, es decir volver a desviarnos de lo esencial, impedir que podamos reflexionar o hacer prueba de espíritu crítico. Hacer todo lo posible para que la gente produzca y consuma, sin preguntarse por un más allá de sus preocupaciones y de sus deseos inmediatos, sin jamás comprometerse en un proyecto colectivo que nos haga más autónomos. La sociedad "domesticada", se convierte en ese rebaño de animales tímidos y laboriosos" del que hablaba Tocqueville. Es el ideal de la cría de aves enjauladas.

Un hecho muy característico es la correlación directa entre la pérdida de autoridad y la obsolescencia política del Estado-nacional y el reforzamiento de su aparato represivo. Al tiempo que cada día se desengrasa más de su faceta económica y social, el Estado legisla y controla cada vez más a sus ciudadanos. Con la ventaja añadida de que en materia de seguridad no tiene la obligación de conseguir resultados. Es más: su interés es no conseguir demasiado, puesto que así se puede justificar la permanencia de sus políticas de control y de vigilancia: "No dirigimos un gobierno hacia el máximo de seguridad para conseguir acabar con la inseguridad . Le dirigimos de esta manera porque la inseguridad persiste" (Percy Kemp) . El verdadero fin no es tanto reducir la inseguridad, que es bienvenida por aquellos a quienes beneficia, sino de sostenerla haciendo posible una vigilancia cada vez más generalizada.

Se trata en resumidas cuentas de crear un caos latente que, sin rebasar un cierto nivel, baste para inhibir toda veleidad de reacción colectiva. La misma táctica se observaba antaño contra las "clases peligrosas", teniendo como fin inconfesable eliminar a los desviados, a los que daban la palabra discordante. Hoy, son los propios pueblos en si, a los ojos de la Forma-Capital y de las oligarquías reinantes, las que se han convertido en las "clases peligrosas". Es a los pueblos a los que hace falta domesticar. Para impedirles elaborar sus proyectos colectivos de emancipación y de autonomía, basta con provocarles el miedo. Es para lo que sirve el Panóptico. "Cuando no es mediante el martirio físico, decía Peguy, son las almas a las que no se las deja respirar".
 

 

el grano de arena


Por Ricardo Beyer - Publicado en: Bajo control. - Comunidad: Biopolítica, peronismo y rocanrol.
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Monday 2 april 1 02 /04 /Abr 12:19

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El arribo de las Sociedades de Control

Lo que se plantea a continuación es que el entramado del ‘biopoder', denominación otorgada por Michel Foucault (2006, 2007) para describir aquel régimen general de dominio que en los inicios de la modernidad se hizo cargo del gobierno de la vida (el ‘hacer vivir y dejar morir', distinto del antiguo poder de soberanía que residía más en decidir sobre la muerte que en administrar la vida), reconocerá nuevas formas de gobierno  distintas a las propiamente ‘disciplinarias'  (modelación y normalización de los cuerpos a través de los espacios de encierro), y distinta a las prácticas ‘biopolíticas' (gestión de los rasgos biológicos organizada a partir de políticas poblacionales).

 

Nos estamos refiriendo al arribo de las ‘sociedades de control'. Esta nueva modalidad de poder, al igual que la tecnología biopolítica, se expande por los espacios abiertos de la circulación, sin embargo, a diferencia de esta última, en las sociedades de control el objeto de gobierno va más allá de la mera gestión de los procesos biológicos (tasas de natalidad, mortalidad, enfermedades, migraciones) que buscaron reproducir las condiciones de existencia de toda una población.


Es Gilles Deleuze quién da cuenta de  esta transmutación.  Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro, sostendrá,  prueba de ello son las constantes reformas a la prisión, hospital, fábrica, escuela, ejercito, que se han venido anunciando e implementando en el último tiempo. Las emergentes prácticas de gestión ya no  consisten en encerrar y programar la multiplicidad, sino en modular sus actuaciones en un espacio abierto.

 

 

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Para graficar esta relación Gilles Deleuze propuso al marketing como modelo del nuevo control social por excelencia. El marketing es una forma de localización rápida: organiza y discrimina en forma permanente en función del consumo. “El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado” (1996, p. 284). Al producir  una malla continua y flexible de control, contraria al modo estático  de las redes institucionales de la sociedad disciplinaria, es posible concebir  un mecanismo de control capaz de proporcionar a cada instante la posición de un elemento en un medio ambiente abierto.


Aporías, contradicciones de nuestra contemporánea gobernabilidad en tanto que, por un lado, se muestra abierta y tolerante, por otro lado, desplegará controles mucho más flexibles, penetrantes y exhaustivos. Es por esto que  podríamos concluir que el capitalismo tiene el imperativo, antes de producir cosas, de producir sujetos, públicos,  mundos y formas de vida. De acá que la misión del marketing y la publicidad sea el diseño y efectuación de mundos posibles. Siendo en este aspecto que estriba la distancia con el concepto de ideología propio de cierta tradición marxista, por cuanto,  más que referir al puro dominio sobre las ideas, anclado en el lugar de la conciencia, podemos constatar que en el paso a las actuales sociedades de control se lograrían establecer mecanismos de dominación en la totalidad de las relaciones sociales, tachadura sobre el conjunto de las formas de vida, objetivo que el capitalismo había perseguido a lo largo de todo su desarrollo. Este diagrama general de dominancia, sustrato energético del cual se alimenta el termidor neoliberal, es el objeto de gobierno del noopoder.

 

 

 

 

 

 

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El paradigma de noopoder: la gestión de los atributos de la memoria

Si las disciplinas ‘moldean' hábitos principalmente en la memoria corporal, en las sociedades de control ‘modulan'  la memoria espiritual. En estos términos, el concepto de ‘noopolitica' (de noos, o noûs, que designa en Aristóteles la parte más alta del alma, el intelecto, y, por otro lado, también refiere al nombre de un proveedor de acceso a Internet), denominación adoptada por el italiano Mauricio Lazzarato, será el más adecuado para dar cuenta del conjunto de las nuevas técnicas de control. Existiría, así, un moldeamiento de los cuerpos, asegurado en los espacios de ‘disciplinamiento' (prisiones, escuela, fábrica); por otra parte,  la gestión de la vida organizada por las medidas ‘biopolíticas' (políticas estatales en salud, vivienda, seguros previsionales, etc.); y, finalmente, la modulación de la memoria regulada por la ‘noopolítica' (a partir de las redes tecnológicas audiovisuales, el marketing y constitución de la opinión pública).


Será desde fines del siglo XIX que se gestan estas nuevas tecnologías de poder que,  no pareciéndose ni a las disciplinas ni a la biopolítica, lograrán agenciar a las subjetividades que interactúan en la contingencia propia de los espacios abiertos.

 

Para Lazzarato, es Gabriel Tarde quien, situado precisamente  en aquel periodo,  captaría en su nacimiento la serie de fenómenos que van a caracterizar nuestras contemporáneas sociedades de control. De ese modo, Tarde trazará el bosquejo de una sociedad en que la categoría social dominante  no será ni la masa, ni la clase, ni la población, sino el ‘público'. “Por público, él entiende el público de los medios, el público de un diario: El público [sostendrá Tarde] es una masa dispersa donde la influencia de los espíritus de unos sobre otros se convierte en una acción a distancia” (Lazzarato, 2006, p. 84). El público no está determinado por la posición social o por la tradición, sino que remite a la adscripción a algún producto, o, sencillamente, a una opinión. Este juego de  adscripciones es múltiple, si los individuos solo pueden pertenecer a una sola clase, a una religión, a una definición política, en cambio, pueden pertenecer a varios públicos. Es por esto que el público supone, ante todo, una segmentación variable, que se  moviliza al ritmo de las fluctuaciones de la moda.

 

 

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Dicho esto, nos encontramos con que en la era de los ‘públicos' serán las nuevas tecnologías de acción a distancia los medios fundamentales de captura de esta multiplicidad de subjetividades que se desenvuelven, e influencian unas a otras, en un espacio abierto. Serán, entonces, las máquinas de expresión (las tecnologías de la velocidad, de la transmisión, del contagio y propagación) las que ‘modulan', a través del marketing, los deseos, la voluntad, y creencias compartidas por aquella comunidad de consumidores interconectados a distancia que son los públicos.


En relación a cuál sería el objeto último de modulación expresadas en estas nuevas relaciones de dominación,  nos encontramos con que, sensiblemente diferente a las técnicas biopolíticas que se dirigen a la vida entendida como reproducción de una población (técnicas que apuntan a regular la vida en tanto enfermedad,  la vejez, la muerte, migraciones), las nuevas técnicas de control, en cambio, ponen en juego otro concepto de vida, otra noción de lo vivo.


Para no denominar cosas tan diferentes con la misma palabra, se podría definir, a falta de algo mejor, a las nuevas relaciones de poder que toman como objeto la memoria y su conatus (la atención) como noo-política. La noo-política (el conjunto de las técnicas de control) se ejerce sobre el cerebro, implicando en principio la atención, para controlar la memoria y su potencia virtual. La modulación de la memoria sería entonces la función más importante de la noo-política. (Lazzarato, 2006, p.93)


Los nuevos dispositivos de la noo-política han conocido un desarrollo sin precedentes gracias a la informática, las trasmisiones audiovisuales vía satélite, la capacidad de almacenamiento de información en los microchips, etc. Son estas características, que le dotan de un carácter intrínsicamente desterritorializado, las que harán que los dispositivos noopoliticos dirijan y organicen tanto a las modalidades soberanas, disciplinares y biopolíticas de poder.

 

 


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Los ritornelos del miedo

La memoria no sólo designa el atributo primordial de la vida intelectiva, aquel noûs aristotélico, sino que define la característica fundamental de la vida en general. Esto es lo que se desprende de trabajos como el Ensayo de psicología celular de Ernst Harckel, que, tal como señala Lazzarato, fueron leídos con atención, y compartidos en sus postulados principales, por Nietzsche y Tarde. La esencia de lo vivo es una memoria, la preservación física del pasado en el presente.


Ahora bien, lo que se buscará gestionar en la actualidad será, entonces, la vida en tanto que memoria articulada a máquinas de información. En esta dirección  el colombiano Santiago Castro-Gómez mencionará los casos de la memoria de las enfermedades recogidas en la  base de datos de los sistemas privados de salud y de pensiones, la memorias de las deudas  recogidas en la base de datos de las instituciones bancarias, la memoria de las compras, del consumo cultural, etc. Desprendido de lo anterior, se comprueba que en el capitalismo contemporáneo la gestión noopolítica  no refiere a un tipo de gobierno coordinado por el Estado, como en el caso de la biopolítica, sino que se trata de un tipo de gobierno que depende de los “regímenes empresariales” (Castro-Gomez, 2009, p. 79).


Es en este plexo de gestión compartimentada entre las Corporaciones Privadas y el Estado, que hoy en día, más que producir mercancías, se crean mundos. Al interior de estos mundos es que las empresas buscan incluir las almas y los cuerpos de los trabajadores y el público. De esta forma, el capitalismo contemporáneo no llega primero con las fábricas. Éstas llegan después. El capitalismo llega primero con las palabras, los signos, las imágenes, a partir de las cuales se capturan y se recrean nuevas memorias. Circulación del rumor, producción de habladurías, es desde el acontecer de la rutina que las máquinas de expresión (noticieros, prensa escrita, publicidad, marketing) operan  como el sustrato indispensable a partir del cual se conforman los nuevos públicos.


¿Qué tipo de subjetividad es movilizado entonces? Pues bien, ante todo, las del ‘miedo'. Hay mensajes que retornan y resuenan en nosotros, como motivos, música, melodías  y canciones que se  encriptan  en la memoria. 

 

“La concepción de la publicidad, el encadenamiento y el ritmo de las imágenes, la banda sonora están construidos bajo el modo del «ritornelo»” (Lazzarato, 2006, p. 104).  Pues bien, es esa memoria, en tonos de ritornelo lo que resuena en el Chile de hoy, ese estribillo tarareado a cada instante, es el miedo. Entendida como aquella emoción que es constantemente  reactualizada y movilizado por las máquinas de expresión, el miedo será uno de los archivos axiales que  almacenan  nuestras memorias, el artefacto privilegiado con el que se amoblarán los mundos. Esta descripción es la quisiéramos desarrollar en este final de recorrido.

 

 

 

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Los medios de comunicación y la propagación del  miedo  en el Chile de hoy

La Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC), encargada por  el Ministerio del Interior del gobierno de Chile es el más importante acervo de información en materia de Seguridad Ciudadana. Aplicada desde el año 2003, entrega una información pormenorizada tanto del fenómeno delictivo, como también respecto de las reacciones   y percepciones  suscitadas en la población. Su importancia no sólo estriba en su universo muestral, con cerca de 20.000 personas encuestadas a lo largo del país, sino  más bien en que en las respuestas a las preguntas formuladas en dicha encuesta, podemos ver perfilado los principales miedos que enfrenta el país, los cuales nos hablan, por medio  del ‘lenguaje de las cifras' (Rotker, 2000), de los temores del Chile de hoy. A partir de estos resultados sabremos que, superior  a los peligros de contraer una enfermedad, al desempleo, a que la situación económica empeore, el miedo a la delincuencia se ubica como una de las principales preocupaciones del país. En tanto se considera uno de los temores más revelantes, será acerca del temor a la delincuencia que nos concentraremos a continuación. [1]


Todo lo cual problematizaremos a partir de la relación existente entre número de delitos cometidos y las apreciaciones suscitadas respecto de estos sucesos. Situación que podemos ver reflejada en los dos recuadros que se exponen a continuación.


Durante los últimos doce meses ¿usted o algún miembro de su hogar ha sido victima de algún delito?

2003

2005

2006

2007

2008

2009

 

43%

38,3%

38,4%

34,8%

35,3%

33,6%

  Fuente: ENUSC 2003, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009

 

¿Usted diría que la delincuencia en el país aumentó?

2003

2005

2006

2007

2008

2009

 

80,4%

79,2%

78,2%

86,6%

80,3%

78,1%


Fuente: ENUSC 2003, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009

La comparación entre ambos recuadros nos permite advertir una clara desproporción entre las cifras reales de victimización (delitos cometidos) y las percepciones frente a  la ocurrencia de estos sucesos. Si por un lado se aprecia una progresiva disminución en la tasa de victimización desde el 2003 con un 43%, hasta llegar ubicarse en el 33,6% en el año  2009, no obstante, por el lado de las sensaciones tenemos que no se colige esta misma disminución, manteniéndose cercano al 80% el promedio de personas que, durante este mismo periodo de tiempo (2003-2009), consideran que la delincuencia ha ido en aumento. Es decir, la sensación de inseguridad aparece como una variable independiente respecto de los niveles objetivos de victimización.


Esta situación no ha sido ajena para quienes se han dedicado al estudio de estos temas. Asociada al uso de las encuestas de victimización (EV), el término ‘miedo al delito' (fear of crime) proviene fundamentalmente de la investigación criminológica norteamericana y británica, siendo  luego traducido al contexto latinoamericano como ‘sensación de inseguridad'. (Varela, 2005; Dammert y Arias, 2007; Kessler, 2007, 2009). Relevante campo de estudios, éste, desde el cual se ha venido a indagar esta falta de correspondencia entre delito y sensación de inseguridad, llegando a establecerse algunas  regularidades tales como el hecho de que el miedo pueda acrecentarse aún cuando  las tasa de delito disminuyan, o, más paradójico todavía, que sean quienes estadísticamente tienen menores probabilidades de sufrir algún delito (mujeres y anciano)  los que muestran mayor temerosidad, y por el contrario,  aquellos más expuestos al delito (jóvenes y varones) sean los que manifiesten niveles de temor más bajos.


En virtud de lo anterior no es extraño que hoy en día se sostenga  que el “miedo al delito constituye un problema mayor que el delito mismo” (Varela, 2005, p. 155).

 

Ahora bien, la interrogante es ¿cómo se explica esta desproporción entre sensación de miedo y cifras objetivas de victimización? Siguiendo los resultados de las investigaciones realizadas en este campo, nos encontramos con que éstos van en la dirección de señalar la no preeminencia de una única explicación. “Así, se trata de aceptar la existencia de procesos propios del sentimiento de inseguridad que incorporan las representaciones ligadas al delito dentro de una trama de sentido mayor” (Kessler, 2009, p. 35). En consecuencia, ya sea por condicionamientos  etáreos, de género, por el influjo de los medios de comunicación, la apreciación de una comunidad desorganizada, los procesos de fragmentación social, el desmantelamiento de los sistemas de protección social producto de la aplicación de las políticas neoliberales, de todo lo anterior, se concluye que la falta de correspondencia entre temor y delito debe ser explicada al interior de una trama compleja de sentidos que atraviesan a los sujetos del temor.

 

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Referidos al lugar que ocupan los medios de comunicación en este panorama, Lucia Dammert y Patricia Arias, señalarán que “no basta con cuantificar la información y los mensajes que los medios de comunicación entregan al público, sino que lo relevante es averiguar el impacto real que dichas informaciones tienen sobre el público” (2007, p. 203). De esta manera, el impacto del mensaje de los medios dependerá de factores tales como: cercanía o distanciamiento respecto a experiencias de victimización; el grado de confianza en los medios de comunicación; todo lo cual se relaciona con el nivel educacional, así, quienes tienen un menor nivel educacional le reconocen mayor legitimidad a los medios. Junto a lo anterior, ambas investigadoras  destacarán que uno de los principales problemas de la sensación de inseguridad inducida por los medios es el impacto que generan en las autoridades políticas, quienes tienden a elaborar respuestas firmes y efectistas, movidos por la necesidad de aparecer en sintonía con el público. (2007, p. 204)


Si,  tal como hemos observado, y a propósito de la desproporción entre miedo y cifras reales de delito, para el campo de estudio sobre el sentimiento de inseguridad el papel desempeñado por los medios de comunicación no es una temática dejada de lado, no obstante, en nuestra perspectiva, es necesario un mayor detenimiento sobre este aspecto, por cuanto desde acá podemos lograr una mayor inteligibilidad al momento de dar cuenta de la conformación, incluso más allá de  la vinculación a la temática del delito, del miedo como  eje transversal  de  nuestra contemporaneidad.


Aquí se nos hace pertinente la lectura de Rossana Reguillo, quien plantea que serían dos los elementos mutuamente imbricados en la percepción ciudadana de ‘incertidumbre': por un lado,  la ‘dimensión objetiva de los hechos', y, por el otro, lo que va a denominar como las ‘políticas de visibilidad (Reguillo, 2007). Si bien el primer elemento remite a una ‘factualidad' indesmentible de los sucesos, el segundo elemento, la política de la visibilidad, remite a la articulación de códigos y reglas mass-mediáticas que buscan construir lo real, así su objetivo es el de producir una especie de verosimilitud que propone que al ‘mirar todos juntos', miramos lo mismo.


El problema, pues, nos remite siempre al  control sobre la ‘opinión pública'.

 

Es por esto  que, y aún reconociendo las múltiples variables que explican la preeminencia  del sentimiento de inseguridad,  debemos insistir en el rol central desempeñado por los medios de comunicación en la construcción de dicha sensación generalizada de temor. Distantes de cualquier pretendida neutralidad, las máquinas de expresión responden a los intereses de aquellos sectores  dominantes[2] que, por medio de la propagación del miedo, han logrado conformar un perfil de subjetividad (temerosa) propicia de ser modulada en los espacios abiertos de nuestras actuales sociedades de control. Es  desde la propagación del miedo, entonces, que se apoyaría  en una medida  la  etapa actual del entramado del biopoder.

 


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Conclusiones preliminares.
Acerca de la utilización político-económica del miedo en nuestra actualidad neoliberal.

De acuerdo a la matriz de análisis que hemos venido siguiendo, vamos a sostener que serían  dos las dimensiones desde las cuales logramos apreciar la gestión del miedo por parte  del entramado de gobierno neoliberal. De esta manera, junto con el uso ‘político' del miedo también nos encontramos con la utilización ‘económica' de dicha emoción.  Desplegados siempre en función de los procesos de acumulación capitalista, posibilitados por modernos medios de comunicación, los dispositivos noopolíticos  no sólo logran constituir subjetividades, que atravesadas por el miedo, se tornan más dóciles frente a políticas de control cada vez más exhaustivas, sino que, igual de importante, también se logran conformar subjetividades temerosas  propicias, en último término,  para el consumo de los productos puestos en circulación  por las ‘industrias del miedo'.


Si, por una parte, al problematizar la desproporción existente entre la sensación de inseguridad y las tasas reales de victimización, nos hemos movido en el plano de la ‘utilización política de los miedos', por cuanto a partir de las altos índices de inseguridad vemos implementarse una serie medidas de gobierno (programas de prevención, planes de intervención, reformas penales, etc.). Pues bien, por otra parte, del lado de la ‘utilización económica de los miedos', podemos advertir cómo es que a partir de la existencia de públicos temerosos  se conforma una verdadera ‘industria del miedo',  la cual no sólo está ligada a las ‘industrias infocomunicacionales' que han encontrado en los temores de la gente una fuente inagotable de material (en vivo) a utilizar, sino que también esta utilización económica del miedo puede ser apreciada en el crecimiento exponencial que han tenido los diversos negocios relacionados con: guardias de seguridad, sistemas computacionales de seguimiento y rastreo, sistemas de video vigilancia, empresas de seguros, sin contar la lucrativa industria bélica desarrollada a partir del miedo a la amenaza ‘terrorista'.


En síntesis, y para finalizar, es a partir de la interrelación de las matrices ‘política' y ‘económica' que, en tanto emoción suscitada ante la presencia de un peligro real o imaginario, aquella memoria profunda que es el miedo, se estructura como uno de los soportes  imprescindible en nuestras neoliberales sociedades de control.

 


Referencias Bibliográficas

Becerra, M. y Mastrini, G. (2009). Los dueños de la palabra. Acceso, estructura y concentración de los medios en la América Latina del siglo XXI. Buenos Aires. Prometeo.

Castro-Gómez, S. (2009). Disciplina, biopolítica y noopolítica en Mauricio Lazzarato. En I. Mendiola (Ed.) Rastros y rostros de la biopolítica (pp. 71-92). Barcelona: Anthropos.  

Dammert, L. y Arias, P. (2007). Construcción de una sociedad temerosa: crimen y castigo en Chile. En A. Isla (Comp.) En los márgenes de la ley. Inseguridad y violencia en el cono sur (pp. 177-208). Buenos Aires: Paidós.

Deleuze, G. (1996). Post-scriptum sobre sociedades de control. Valencia: Pre-Textos.

Foucault, M. (2006).  Seguridad, Territorio y Población. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. 

Foucault, M. (2007). Nacimiento de la Biopolítica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Kessler, G. (2007). Representaciones colectivas, comportamientos individuales y acciones colectivas. En A. Isla (Comp.) En los márgenes de la ley. Inseguridad y violencia en el cono sur. Buenos Aires: Paidós.

Kessler, G. (2009). El sentimiento de inseguridad. Sociología del delito amateur. Buenos Aires: Siglo XXI.

Lazzarato, M. (2006). Por una política menor. Acontecimiento y política en las sociedades de control. Madrid: Traficante de sueños.

Reguillo, R. (2007). Horizontes Fragmentados: Una Cartografía de los miedos contemporáneo. En Diálogos de la comunicación [en línea] (75). Disponible en:

 http://www.dialogosfelafacs.net/75/articulo_resultado.php?v_idcodigo=40=7 

Rotker, S. (2000). Ciudades escritas por la violencia. (A modo de introducción). En S.  Rotker (edit.). Ciudadanías del miedo. Caracas: Nueva Sociedad, 2000.

Sunkel, G. y Geoffroy, E. (2001). Concentración económica de los medios de comunicación. Santiago: LOM.

Varela, C. (2005). ¿Qué significa estar seguro? De delitos, miedos e inseguridades entre los adultos mayores. En Cuadernos de Antropología Social (22),  pp. 153–171.

Notas

* Sociólogo, Universidad de Concepción. Magíster  en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile. Doctor © en Estudios Americanos, IDEA/Universidad de Santiago de Chile. Entre sus publicaciones se encuentran: Organizaciones Juveniles en Santiago de Chile. Invisibles_Subterráneas. Co-autoría con Andrea Gamboa. Santiago: LOM, 2009. “Del Miedo y la Seguridad; a las luchas Ético/estéticas en el Chile de hoy”. En I. Cassigoli y M. Sobarzo (Ed.). Biopolíticas del Sur. Santiago: Editorial  ARCIS, 2010.    

[1]Conceptualizado como ‘problemas' los temores de los chilenos se desglosan de la siguiente forma:

-¿Cual de los siguientes “problemas” de actualidad nacional tiene mayor importancia para usted?

1) La pobreza: 21,1%

2) La delincuencia: 15,3%

3) La situación económica: 14,6%

4) El tráfico de drogas: 12,0%

5) El desempleo: 7,4%

Fuente: Informe ENUSC 2009.  Disponible en: http://www.ine.cl

[2] Sobre este aspecto quizás sea importante reparar en la cuestión de la ‘concentración de los medios de comunicación'. De esta manera, para el caso latinoamericano, tenemos que las llamadas ‘industrias infocomunicacionales' son propiedad de reducidos grupos económicos. Así los dueños de la palabra concentran la mayor parte de la producción, edición y distribución de contenidos (información y entretenimiento) que circulan en las sociedades latinoamericanas (Becerra y Mastrini, 2009). Para el caso chileno el panorama no es distinto, sin embargo, la peculiaridad del caso chileno es que esta concentración económica va acompañada de un marcado ‘monopolio ideológico'. “¿Cómo interpretamos esta peculiaridad? Nuestra hipótesis sería que la raíz del problema se encuentra en el empresariado chileno: esto es, un empresariado ideológicamente homogéneo, educado en una matriz económica neoliberal  y en un conservadurismo valórico…. Esto incluye no solo a los propietarios de los medios sino también al conjunto de los avisadores” (Geoffroy y Sunkel, 2001, p. 115).

 

 

revista Faro, nro.11

 

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