Thursday 3 november 2011 4 03 /11 /Nov /2011 09:11

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Antonio Gramsci había llegado a la conclusión de que la burguesía había logrado fortalecer progresivamente su hegemonía, es decir, su capacidad de ejercer efectivamente su dominación sobre el conjunto de la sociedad sin encontrar demasiada resistencia, mediante el desarrollo de diferentes mecanismos de control social, entre ellos la interiorización de su punto de vista sobre las cosas por parte de los explotados (a través de aparatos ideológicos como la escuela, los medios de comunicación masivos, etc.).

Estas cosas, sumadas a varias otras (el desarrollo del sufragio universal, la formación de una clase media, la liberalización política, el reconocimiento legal de los sindicatos y partidos obreros, la mediación estatal en los conflictos entre capital y trabajo, la disminución de la intervención de la Iglesia sobre la vida, la mejora de los salarios, el establecimiento de los Estados de Bienestar, etc.) llevaron en su conjunto al desarrollo de una subjetividad colonizada de los explotados, es decir, a la disminución de su capacidad subversiva.

 

Esta subjetividad colonizada de los explotados actúa en todo momento como una fuerza que va en sentido contrario de otra que subyace a la sociedad moderna: el impulso combativo de los hombres-mercancía, los trabajadores ocupados y desocupados, así como de aquellos que subsisten crónicamente al margen de toda vida socialmente productiva, y de todos los que de una u otra forma se ven explotados u oprimidos por la dominación burguesa.

 

La sumatoria vectorial de estas dos fuerzas produce un resultado contradictorio: una clase dominada que avanza y retrocede permanentemente, modificando al mismo tiempo las condiciones en que se desarrolla ese juego.

 

Más precisamente, se podría decir que el impulso combativo queda sepultado bajo la subjetividad colonizada, y que si bien el primero tiende a manifestarse de manera velada en muchas formas, sólo en algunas condiciones puede emerger trayendo nuevamente a la escena política la lucha de clases abierta, pero no sin profundas limitaciones que son resultado de esa subjetividad, y que actúan en la mayoría de los casos tendiendo a restablecer la situación normal de paz social. Sin embargo, esta lucha de clases deja una huella bastante profunda en la subjetividad de quienes son sus protagonistas, contribuyendo a la formación de formas de conciencia heterogéneas y contradictorias que combinan el antagonismo y la colonización ideológica.

 

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Por Ricardo Beyer - Publicado en: Política. - Comunidad: Biopolítica, peronismo y rocanrol.
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  • Ricardo Beyer
  • BAJO CONTROL.
  • Filósofo. Psicólogo social comunitario.
  • En la era de las sociedades de control la obligación del hombre culto contemporáneo es desbaratar el acrítico hombre masa que lleva adentro.

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Discos y recuerdos.

018 el pajaro amenazador (monstruos cosmicos) 1965

 

 

Arrepentidos muy tarde
beberemos el veneno
y entre rumores de guerra
se abre la puerta al infierno.

Desinformación consumirás,
que terminarás creyendo
y la humanidad sucumbirá
mientras alguien va diciendo:

Bajo control... bajo control.

Antes que bebas el odio
de su poder insaciable,
cuando se incendien los bosques verás
no importarán los culpables.

Es que nada y nadie detendrá
esta ambición enferma.
es que ya no habrá ningún lugar
para los que quieran la Tierra.

Bajo control... bajo control.
bajo control... bajo control.
Era espacial, transmutación,
mentes computarizadas.
Armagedón en televisión,
almas narcotizadas.

Desde la luz es fácil saber
cómo salir de la trampa.
visión final profetizada,
que todo está bajo control.

Ambición de poder... corrupción.
puedes ver en tu ciudad... polución.
hambre, sed, enfermedad... destrucción.
violación, explotación... extinción.

Bajo control... tierra, aire y mar.
Bajo control... el reino animal.
Bajo control... la atmósfera.
Bajo control... hasta la guerra y la paz.
Bajo control... la humanidad.
Bajo control... la mediocridad.
Bajo control... todo el mundo está.
Bajo control... todo, todo...

 

 

Rata Blanca.

 

 

 

 

 

 

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¿Quién puede explicar con palabras,

aunque esté contando su propia vida,

todo lo que induce a un hombre

a entregarse,

a venderse todos los días un poco,

hasta llegar a viejo...?

 


 

 

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A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lagrimas
para que contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el-alto-sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.
Le dijeron
que eso era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles esta es, sin duda, la prueba decisiva.

 

 

 

 

 

Él no es el hombre que salta la barrera
sintiéndose ya cogido por su tiempo, ni el fugitivo
oculto en el vagón que jadea
o que huye entre los terroristas, ni el pobre
hombre del pasaporte cancelado
que está siempre acechando una frontera.
Él vive más acá del heroísmo
(en esa parte oscura);
pero no se perturba; no se extraña.
No quiere ser un héroe,
ni siquiera el romántico alrededor de quien
pudiera tejerse una leyenda;
pero está condenado a esta vida y, lo que más le aterra,
fatalmente condenado a su época.
Es un decapitado en la alta noche, que va de un cuarto al otro,
como un enorme viento que apenas sobrevive con el viento de afuera.
Cada mañana recomienza
(a la manera de los actores italianos).
Se para en seco como si alguien le arrebatara el personaje.
Ningún espejo
             se atrevería a copiar
este labio caído, esta sabiduría en bancarrota.

 

 

 

 

 

Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto.

 

 

 

 

 

 

El amor, la tristeza, la guerra
abren su puerta cada día, brincan
sobre su cama
                         y él no les dice nada.
Cogen su perro y lo degüellan, lo tiran
a un rincón
                         y no les dice nada.
Dejan su pecho hundido
a culatazos
                        y no dice nada.
Casi lo entierran
vivo
                        y no les dice nada.

¿Él qué puede decirles?
Aunque lo hagan echar espuma
por la boca,
él lucha, él vive,
él preña a sus mujeres,
contradice la muerte a cada instante.

 

 

 

 

 

¡Al poeta, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.
No entra en el juego.
No se entusiasma.
No pone en claro su mensaje.
No repara siquiera en los milagros.
Se pasa el día entero cavilando.
Encuentra siempre algo que objetar.

¡A ese tipo, despídanlo!
Echen a un lado al aguafiestas,
a ese malhumorado
del verano,
con gafas negras
bajo el sol que nace.
Siempre
le sedujeron las andanzas
y las bellas catástrofes
del tiempo sin Historia.
Es
    incluso
                anticuado.
Sólo le gusta el viejo Amstrong.

Tararea, a lo sumo,
una canción de Pete Seeger.
Canta,
            entre dientes,
                                    La Guantanamera.
Pero no hay
quien lo haga abrir la boca,
pero no hay
quien lo haga sonreír
cada vez que comienza el espectáculo
y brincan
los payasos por la escena;
cuando las cacatúas
confunden el amor con el terror
y está crujiendo el escenario
y truenan los metales
y los cueros
y todo el mundo salta,
se inclina,
retrocede,
sonríe,
abre la boca
                     “pues sí,
                     claro que sí,
                     por supuesto que sí...”
y bailan todos bien,
bailan bonito,
como les piden que sea el baile.
¡A ese tipo, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.

 

 

 

 

Nosotros seguimos construyendo el Imperio.
Es difícil construir un imperio
cuando se anhela toda la inocencia del mundo.
Pero da gusto construirlo
con esta lealtad
y esta unidad política
con que lo estamos construyendo nosotros.
Hemos abierto casas para los dictadores
y para sus ministros,
avenidas
para llenarlas de fanfarrias
en la noche de las celebraciones,
establos para las bestias de carga, y promulgamos
leyes más espontáneas
que verdugos,
y ya hasta nos conmueve ese sonido
que hace la campanilla de la puerta donde vino a instalarse
el prestamista.
Todavía lo estamos construyendo
con todas las de la ley
con su obispo y su puta y por supuesto muchos policías.

 

 

 

 

Lo primero: optimista.
Lo segundo: atildado, comedido, obediente.
(Haber pasado todas las pruebas deportivas).
Y finalmente andar
como lo hace cada miembro:
un paso al frente, y
dos o tres atrás:
pero siempre aplaudiendo.

 

 

 

Dirán un día:
él no tuvo visiones que puedan añadirse a la posteridad.
No poseyó el talento de un profeta.
No encontró esfinges que interrogar
ni hechiceras que leyeran en la mano de su muchacha
el terror con que oían
las noticias y los partes de guerra.
Definitivamente él no fue un poeta del porvenir.
Habló mucho de los tiempos difíciles
y analizó las ruinas,
pero no fue capaz de apuntalarlas.
Siempre anduvo con ceniza en los hombros.
No develó ni siquiera un misterio.
No fue la primera ni la última figura de un cuadrivio.
Octavio Paz ya nunca se ocupará de él.
No será ni un ejemplo en los ensayos de Retamar.
Ni Alomá ni Rodríguez Rivera
Ni Wichy el pelirrojo
se ocuparán de él.
La Estilística tampoco se ocupará de él.
No hubo nada extralógico en su lengua.
Envejeció de claridad.
Fue más directo que un objeto.

 

 

 

y ahora,
vámonos, cuervo, no a fecundar la cuerva
que ha parido
y llena el mundo de alas negras.
Vámonos a buscar sobre los rascacielos
el hilo roto
de la cometa de mis niños
que se enredó en el trípode viejo del artillero.

 

 

 

 

 

Heberto Padilla.

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