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bajo control
El ajusticiamiento de Hussein por un tribunal amparado por tropas invasoras, la muerte de Bin Laden por el grupo comando que ingresó a
un espacio nacional de manera clandestina, el linchamiento de Kaddafi tras ser acorralado por ataques aéreos de la OTAN son ejemplos de otra manera de interpretar la globalización. En ella, el
asesinato que burla legislaciones y soberanías se transformó en un recurso normal de las potencias democráticas.
Las excusas para este recurso son variadas: las urgencias que impone la lucha contra el terrorismo o la crueldad de las dictaduras; la
seguridad mundial o los derechos humanos de las poblaciones. El discurso humanitario y el interés imperialista tienden a confundirse.
“¡Ríndete y tendrás un juicio justo!”, el viejo ofrecimiento del sheriff al malhechor, apenas evoca una civilización perdida a la
que, sin embargo, se llamaba “salvaje oeste”. La jurisdicción del sheriff ya no tiene
límites geográficos, pero su frase, según parece, no puede ser traducida al árabe.
Sin embargo, la reciente primavera en el norte de Africa mostró que los pueblos pueden librarse de sus dictadores limitando el baño de
sangre. En la rebelión tunecina murieron 400 personas, y unas 850 en la egipcia. La intervención de la OTAN en Libia, con mandato del Consejo de Seguridad de la ONU para proteger a la población
civil, derivó en un conflicto cuyo número de bajas se calcula entre 5.000 y 25.000, sin contar heridos ni desplazados.
Los autócratas de la zona, por lo demás, habían sido aliados confiables de las democracias durante décadas. Por no hablar del olvidado
Hussein, el Egipto de Mubarak era el mayor receptor de ayuda militar estadounidense después de Israel mientras que el tunecino Ben Alí encontró refugio en la monarquía saudita, el más firme
aliado regional de EE. UU.. El humanismo occidental es selectivo. Hay tiranos amigos, a quienes se derroca cuando se salen de control (Hussein) o ya no garantizan la necesaria estabilidad interna
para una normal provisión de materias primas (Gadafi). Es sólo en esos momentos cuando la Corte Penal Internacional advierte sus crímenes.
Como explica el filósofo italiano Carlo Galli en uno de los ensayos de La mirada de Jano, acabada la Primera Guerra
Mundial, por motivos nacionalistas, el jurista alemán Carl Schmitt planteó que la imposición de reparaciones de guerra a la vencida Alemania implicaba un trágico cambio para la convivencia
mundial. Con esa medida resurgía la vieja noción de guerra justa (cuyo correlato actual es la “guerra santa”) según la cual en los conflictos internacionales había una parte “buena” y una
“mala”.
En consecuencia, esta última debía ser castigada por haber iniciado la conflagración y debía pagar por la destrucción ocasionada. La
guerra se volvía un crimen punible, y dejaba de ser aquel recurso extremo, pero habitual y jurídicamente regulado, de las relaciones entre países que se consideraban enemigos mutuos pero no
criminales. El escenario político mundial se volvía así un “uni-verso”, dejando atrás la categoría de “pluri-verso” compuesto por distintas soberanías que respetaban su individualidad aunque a
menudo llegaran a combatirse. Este cambio implicaba, para Schmitt, una catástrofe política, legal y cultural. Porque las distinciones entre enemigo político y criminal común, entre la situación
de paz y la de guerra, entre el ámbito interior y exterior de los Estados, quedaban suprimidas.
La ley de la guerra, según Schmitt, se había impregnado en el siglo XX de un falso moralismo, cuyas declamaciones apenas podían
encubrir el rampante interés imperialista anglo-americano. Este se justificaba éticamente en la defensa de la paz, la democracia y en el combate contra imaginarios enemigos de la humanidad a
quienes, sin embargo, se les despojaba de su categoría humana y, por tanto, resultaba lícito masacrarlos primero y luego oprimirlos.
Por cierto, pocos intérpretes podían separar en este análisis el herido orgullo de un antiguo colaborador del derrotado Tercer Reich
(aunque marginado por los propios nazis antes de la invasión a Polonia) del diagnóstico profundo de una tendencia política moderna que se ha vuelto patente bajo la globalización posmoderna.
Resultaba difícil distinguir los aspectos teóricos de las intenciones prácticas. ¿Quién, en 1945, iba a compartir la indignación de Schmitt por la humillación y la criminalización de los alemanes
en cuyo nombre se había aplicado un terror inaudito?
Schmitt, que había comenzado a escribir sobre estos temas durante la República de Weimar, acusó a la Sociedad de las Naciones,
predecesora de la ONU, de intentar despolitizar las relaciones internacionales y pretender implantar el liberalismo a nivel planetario como única doctrina éticamente válida. La guerra dejaba así
de ser un derecho estatal para convertirse en un capítulo del derecho penal.
Lejos de establecer orden y justicia, esta mutación acrecentaba el caos y excitaba la represalia y el pillaje. Para Schmitt, las nuevas
concepciones cada vez más dominantes eran la consecuencia del desplazamiento del viejo pensamiento jurídico continental, vigente durante dos siglos y medio de historia europea, por la visión
anglosajona, una mezcla de retórica moralizante y tradiciones ligadas a la piratería marítima y al colonialismo, aunque debió reconocer un antecedente intelectual de peso en la filosofía de su
compatriota Kant.
El gran vuelco histórico ocurrió cuando EE.UU. abandonó su aislacionismo y comenzó a practicar un enérgico intervencionismo. A partir
de entonces, la nítida línea que desde los tratados de Wesfalia (1648) había separado la paz de la guerra se borró. ¿Dónde queda la diferencia cuando se proclama una “guerra mundial al
terrorismo”, por ejemplo? La guerra posmoderna disemina la violencia y desdibuja la separación entre conflictos nacionales y operaciones policiales.
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Arrepentidos muy tarde
beberemos el veneno
y entre rumores de guerra
se abre la puerta al infierno.
Desinformación consumirás,
que terminarás creyendo
y la humanidad sucumbirá
mientras alguien va diciendo:
Bajo control... bajo control.
Antes que bebas el odio
de su poder insaciable,
cuando se incendien los bosques verás
no importarán los culpables.
Es que nada y nadie detendrá
esta ambición enferma.
es que ya no habrá ningún lugar
para los que quieran la Tierra.
Bajo control... bajo control.
bajo control... bajo control.
Era espacial, transmutación,
mentes computarizadas.
Armagedón en televisión,
almas narcotizadas.
Desde la luz es fácil saber
cómo salir de la trampa.
visión final profetizada,
que todo está bajo control.
Ambición de poder... corrupción.
puedes ver en tu ciudad... polución.
hambre, sed, enfermedad... destrucción.
violación, explotación... extinción.
Bajo control... tierra, aire y mar.
Bajo control... el reino animal.
Bajo control... la atmósfera.
Bajo control... hasta la guerra y la paz.
Bajo control... la humanidad.
Bajo control... la mediocridad.
Bajo control... todo el mundo está.
Bajo control... todo, todo...
Rata Blanca.
¿Quién puede explicar con palabras,
aunque esté contando su propia vida,
todo lo que induce a un hombre
a entregarse,
a venderse todos los días un poco,
hasta llegar a viejo...?
A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lagrimas
para que contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el-alto-sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.
Le dijeron
que eso era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles esta es, sin duda, la prueba decisiva.
Él no es el hombre que salta la barrera
sintiéndose ya cogido por su tiempo, ni el fugitivo
oculto en el vagón que jadea
o que huye entre los terroristas, ni el pobre
hombre del pasaporte cancelado
que está siempre acechando una frontera.
Él vive más acá del heroísmo
(en esa parte oscura);
pero no se perturba; no se extraña.
No quiere ser un héroe,
ni siquiera el romántico alrededor de quien
pudiera tejerse una leyenda;
pero está condenado a esta vida y, lo que más le aterra,
fatalmente condenado a su época.
Es un decapitado en la alta noche, que va de un cuarto al otro,
como un enorme viento que apenas sobrevive con el viento de afuera.
Cada mañana recomienza
(a la manera de los actores italianos).
Se para en seco como si alguien le arrebatara el personaje.
Ningún espejo
se atrevería a copiar
este labio caído, esta sabiduría en bancarrota.
Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto.
El amor, la tristeza, la guerra
abren su puerta cada día, brincan
sobre su cama
y él no les dice nada.
Cogen su perro y lo degüellan, lo tiran
a un rincón
y no les dice nada.
Dejan su pecho hundido
a culatazos
y
no dice nada.
Casi lo entierran
vivo
y
no les dice nada.
¿Él qué puede decirles?
Aunque lo hagan echar espuma
por la boca,
él lucha, él vive,
él preña a sus mujeres,
contradice la muerte a cada instante.
¡Al poeta, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.
No entra en el juego.
No se entusiasma.
No pone en claro su mensaje.
No repara siquiera en los milagros.
Se pasa el día entero cavilando.
Encuentra siempre algo que objetar.
¡A ese tipo, despídanlo!
Echen a un lado al aguafiestas,
a ese malhumorado
del verano,
con gafas negras
bajo el sol que nace.
Siempre
le sedujeron las andanzas
y las bellas catástrofes
del tiempo sin Historia.
Es
incluso
anticuado.
Sólo le gusta el viejo Amstrong.
Tararea, a lo sumo,
una canción de Pete Seeger.
Canta,
entre dientes,
La
Guantanamera.
Pero no hay
quien lo haga abrir la boca,
pero no hay
quien lo haga sonreír
cada vez que comienza el espectáculo
y brincan
los payasos por la escena;
cuando las cacatúas
confunden el amor con el terror
y está crujiendo el escenario
y truenan los metales
y los cueros
y todo el mundo salta,
se inclina,
retrocede,
sonríe,
abre la boca
“pues
sí,
claro que
sí,
por
supuesto que sí...”
y bailan todos bien,
bailan bonito,
como les piden que sea el baile.
¡A ese tipo, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.
Nosotros seguimos construyendo el Imperio.
Es difícil construir un imperio
cuando se anhela toda la inocencia del mundo.
Pero da gusto construirlo
con esta lealtad
y esta unidad política
con que lo estamos construyendo nosotros.
Hemos abierto casas para los dictadores
y para sus ministros,
avenidas
para llenarlas de fanfarrias
en la noche de las celebraciones,
establos para las bestias de carga, y promulgamos
leyes más espontáneas
que verdugos,
y ya hasta nos conmueve ese sonido
que hace la campanilla de la puerta donde vino a instalarse
el prestamista.
Todavía lo estamos construyendo
con todas las de la ley
con su obispo y su puta y por supuesto muchos policías.
Lo primero: optimista.
Lo segundo: atildado, comedido, obediente.
(Haber pasado todas las pruebas deportivas).
Y finalmente andar
como lo hace cada miembro:
un paso al frente, y
dos o tres atrás:
pero siempre aplaudiendo.
Dirán un día:
él no tuvo visiones que puedan añadirse a la posteridad.
No poseyó el talento de un profeta.
No encontró esfinges que interrogar
ni hechiceras que leyeran en la mano de su muchacha
el terror con que oían
las noticias y los partes de guerra.
Definitivamente él no fue un poeta del porvenir.
Habló mucho de los tiempos difíciles
y analizó las ruinas,
pero no fue capaz de apuntalarlas.
Siempre anduvo con ceniza en los hombros.
No develó ni siquiera un misterio.
No fue la primera ni la última figura de un cuadrivio.
Octavio Paz ya nunca se ocupará de él.
No será ni un ejemplo en los ensayos de Retamar.
Ni Alomá ni Rodríguez Rivera
Ni Wichy el pelirrojo
se ocuparán de él.
La Estilística tampoco se ocupará de él.
No hubo nada extralógico en su lengua.
Envejeció de claridad.
Fue más directo que un objeto.
y ahora,
vámonos, cuervo, no a fecundar la cuerva
que ha parido
y llena el mundo de alas negras.
Vámonos a buscar sobre los rascacielos
el hilo roto
de la cometa de mis niños
que se enredó en el trípode viejo del artillero.
Heberto Padilla.